
Ayer 16 de mayo de 2010, nos dejaba para siempre Ronald Pavadona, por todos conocido como Ronnie James Dio, dejando a familia, amigos y toda una comunidad de fans que le idolatraba y quería totalmente consternados.
Nosotros no tardaremos en hacerle nuestro pequeño homenaje rememorando alguno de los grandes discos de su carrera, que no fueron pocos, y digo no tardaremos porque para mí ahora mismo la música sólo tiene un nombre: Ronnie James Dio.
“You´re the rainbow in the dark”, la frase con la que el maestro se dirigía a sus fans en las galas, no era más que un sentimiento recíproco. Cuánta luz nos habrán proyectado sus canciones en momentos difíciles. Porque muchos hemos sido sus “Rock N´Roll Children”. No pocos comenzamos a amar el Heavy Metal gracias a él, entre los cuales me incluyo.
Puso su voz al servicio de clásicos inmortales, como lo será el siempre. La mejor etapa de Rainbow fue la suya, la de Black Sabbath, para un servidor, más de lo mismo, y sus discos en solitario de los ochenta son sencillamente imprescindibles. Siempre estuvo al pié del cañón y si no hubiera sido por ese maldito cáncer le tendríamos ahí arriba unos cuantos años más. Amaba lo que hacía como sus fans le amaban a él. Lo mires por donde lo mires, este hombre se merece un monumento ya.
Su edad siempre fue un misterio (“Mystery”), como aquel tema perteneciente a “The Last In Line”. Se dice que murió a los 67 años. Al menos la teoría que sostiene que su nacimiento data del 10 de julio de 1942 es la que capta más adeptos, aunque todavía recuerdo una entrevista en Metal Hammer, de hace no muchos años, en la que Ronnie afirmaba haber nacido en 1944. Pero qué importa su edad, lo que cuenta es que nos deja y lo que nos deja, un legado musical enorme, incomparable, inmenso. Se ha apagado la voz del metal. Sé que mucha gente se habrá quedado con las ganas de poder verlo en directo, pero el palo es igual de gordo para los que lo hemos visto en varias ocasiones; no volveremos a hacerlo. No repetiremos esa experiencia de llenarnos de la magia de ese pequeño ser que albergaba una grandeza abrumadora. Nunca defraudaba en vivo y aunque en los últimos años tuviera que dosificar su voz un poco más por los agravios de una avanzada edad, este sexagenario seguía sin fallar una nota, siempre sentaba cátedra. Aún recuerdo uno de sus conciertos como uno de los mejores que he visto en mi vida, uno de los varios con los que nos hechizó en Macumba. Recuerdo ese final apoteósico en un incansable recital de bises, jalonado de clásicos, que parecían ponerle la etiqueta de inacabable a esa actuación, de incombustible, como lo fue siempre Dio. Nunca podré olvidarla. Ni las demás.
Dio, siempre estarás en nuestros corazones. Cada arco iris que asome en el cielo sabremos que tú lo envías. Ya te echamos de menos. Descansa en paz.

































